Vivimos en un mundo en el cual la vida se volvió una continuidad de estímulos superficiales, donde el hombre, atrapado en la comodidad de lo material, perdió contacto real con la vida. Ya no vive, sino que simplemente "es". Guillaume Faye lo describe con precisión: “las personas están debilitadas por la vida blanda que llevan, por su individualismo sin límites… ‘experiencias de segunda mano’: el opio socioeconómico.” La modernidad sustituyó el riesgo, la aventura y la creación por la pasividad, lo efímero y la acumulación vacía. El consumismo aliena al hombre y convierte su tiempo y sus pasiones en mercancía, vaciando su existencia y fomentando la mediocridad y el conformismo.
Frente a esta superficialidad, las palabras de Faye son más que una simple advertencia: dejan en claro que solo si tomamos acción consciente, si enfrentamos la vida con coraje y si reafirmamos los valores tradicionales, podemos romper con el individualismo. La existencia no debe limitarse a un paso, divagando entre objetos y pantallas; debe convertirse en una lucha que supere lo pasajero y construya comunidades de acción, fuertes y auténticas. Necesitamos recuperar la intensidad, asumir riesgos, y sobre todo aceptar la responsabilidad de rebelarnos contra un orden que se derrumba. Ser aceleradores de ese derrumbe, para poder volver a construir sólidamente. Es momento de despertar, actuar y luchar, porque solo así el hombre podrá recuperar su dignidad y su verdadera fuerza.